Para muchos has sido un ejemplo de vida, para mí, eres soporte de amor. Entiendo que estos últimos veinte años “no han sido los mejores de tu vida”, un cambio físico alteró completamente parte de tu vida, de tu destino y de todo tu ser.
Llegar a tu edad, no ha sido tarea fácil. Sabemos por estudios que cuanto más avanzada está, más complicados son los problemas. Las enfermedades van apareciendo, tú, te vas avejentando y nosotros seguimos creciendo por ese sendero de la vida del cual nos solías mencionar cuando éramos niños.
Llegar a tu edad, no ha sido tarea fácil. Sabemos por estudios que cuanto más avanzada está, más complicados son los problemas. Las enfermedades van apareciendo, tú, te vas avejentando y nosotros seguimos creciendo por ese sendero de la vida del cual nos solías mencionar cuando éramos niños.
Esa enfermedad de la cual temías, te ganó, con los días te deterioró. Nuestra ayuda es diaria y constante. Tus familiares han hecho lo posible para estar presente en tus pensamientos y que nos guardes recuerdo en tu corazón.
Esta cruel historia comenzó desde que viste esas pequeñas imágenes borrosas “Necesitas anteojos Tere”, decían muchos, sin pensar que esa enfermedad deterioraría por completo tu visión, te bloquearía y te convertiría en un ser inerte a pesar de tener amor y toneladas de compresión a tu alrededor.
Decidí pasar por tu casa a saludarte, hace tiempo que no lo hacía y ya era momento de ir a verte, contarte mis cosas y abrazarte, como solía hacerlo antes.
Decidí pasar por tu casa a saludarte, hace tiempo que no lo hacía y ya era momento de ir a verte, contarte mis cosas y abrazarte, como solía hacerlo antes.Al entrar a tu habitación te encontré sentadita en el mismo sillón, el de tu preferencia, aquel confortable asiento que te hacia dormir por minutos y muchas veces por largas horas, aquella butaca adornada con unas flores doradas. Llevabas puesto una chompa de lana colorida y mirabas hacia un punto fijo, parecías una escultura, inmóvil, como si estuvieras jugando “Encantados” esperando a que llegue alguien a quitarte ese maldito hechizo, pero al parecer, eso se te había hecho una costumbre y aunque suene duro admitirlo, ese peligroso y triste juego se había hecho parte de tu vida diaria.
Te saludé efusivamente, sin embargo no obtuve respuesta alguna. Quizá estabas concentrada en tus pensamientos, dije en mi interior, al acercarme un poco mas, decidí hablarte al oído, pronunciando esas palabras que tanto me decías cuando era pequeña: “Hola Achalau bizcocho, ya estoy aquí”, te repetí, abrazándote muy fuerte. Tú, con esa frialdad que te caracteriza, atinaste a mover ligeramente la cabeza. Tus brazos, tus piernas y tus ojos seguían hacia una misma dirección.
No quería soltarte y aunque sabía que no me verías, sentía una alegría inmensa de saber que aún estás viva, que nada malo te había pasado la madrugada anterior al día de mi visita. Estaba junto a ti y aunque no me hablabas, prometí hablarte tanto durante el tiempo que permanecería contigo para que recuerdes cada palabra, cada entonación que tu mente se ha ido tragando con el transcurrir del tiempo.
Pasaron casi unos treinta minutos, el monólogo que improvisé estuvo acompañado de risas y actuaciones, buscando recursos para que me digas una palabra, una señal. Los minutos se hacían más intensos, no me respondías y hasta cerraste tus ojos. Es que acaso ¿Te aburrí o Te adormecí mamita? Quería meterme en tu mente, gritarle a tu cerebro que no se apague, su función era controlarte de manera correcta y no como ha estado haciendo durante estos años. Le pedí que no me dejes, todavía no estoy preparada para un final, para un adiós.
Te abracé nuevamente, puse mi cara cerca a tu pecho, hasta que por fin un gesto tuyo convirtió todo en colores de alegría a tu vida, a mi vida. Me abrazaste y me diste un beso diciéndome: “Aún sigo aquí Achalau bizcocho”.